Abordar la adolescencia: vueltas y vueltas

Redacción PETALES

Equipo de redacción de Petales España.

Abordar la adolescencia de chicos y chicas que ha sufrido adversidad temprana es un reto que no debería pillar desprevenidas a las familiar. Suele ser complicada y pueden llegar a a producirse situaciones muy estresantes tanto para padres, madres o cuidadores como para ellos mismos. Este relato nos narra la experiencia de unos padres que descubrieron que se podían hacer las cosas de otra manera, sobre todo de que es necesario mantener la calma, sujetar el miedo y la sensación de fracaso y tener mucha paciencia, casi infinita.

 Vueltas y vueltas

Comprando regalos navideños en una tienda de juegos encontré un muñeco pequeño de latón, de esos que se le da cuerda y andan. Es una especie de Superman naif con su capa roja, su traje azul y sus puños cerrados dispuestos para salir volando. Me hizo gracia en ese momento, pero el pobre pasó a vivir entre mi pequeña mesa de ordenador y una estantería cercana. Ahí se quedó esperando a que alguien le diera cuerda.

Adversidad Temprana: el estallido adolescente.

Por aquel entonces mi vida era muy caótica. Vivíamos en la angustia constante ya que mi hija estaba en pleno apogeo adolescente de niña que ha sufrido mucho en sus primeros años de vida.  Esto se tradujo en escapadas y desapariciones, sin saber nada de ella, ni dónde ni con quien estaba. Regresaba a casa sucia y maloliente, emporrada o bebida. La cara desencajada, el cuerpo crispado, malcomiendo y mal durmiendo. Entonces explotaba la angustia y el miedo, la molíamos a preguntas ¿Dónde has estado? ¿Por qué no has llamado? ¡No has contestado el teléfono! ¡Mira como vienes! ¡Así no puedes seguir! No estudias, no haces nada, tú te crees que la vida es todo juerga, nos vas a matar a disgustos, no sabemos que hacer contigo etc. Vamos toda la retahíla parental al uso.

Y entremedias busca un psicólogo, le cuentas la historia, la niña que no quiere ir, el psicólogo que si es Trastorno Oposicionista, que si TLP que si terapia de familia. El padre y los hermanos que pasan de la terapia de familia. El psicólogo que acuerda con el padre cerrarle la puerta varios días luego que si se vaya un tiempo fuera y vea lo que es vivir sola y varios consejos más que no acababan de ver. No creía que pudieran funcionar. Ella  tenía días buenos,  pedía  perdón y prometía siempre que iba a cumplir horarios y a ir a clase. Y lo empezaba a hacer pero le duraba como máximo dos semanas.

Abordar la adolescencia de chicos y chicas que ha sufrido adversidad temprana: parar, pensar y cambiar

 

Y en una de estas, cuando entro por la puerta y se fue directa a la habitación, yo estaba sentada en mi mesa del ordenador y vi al Sueprman de juguete. Estaba tan alterada y rígida que no  podía casi ni respirar. Pero en vez de salir escopetada a su cuarto y echarle la bronca. Cogí el muñeco, le di cuerda y lo  puse en el suelo varáis veces. El muñeco daba vueltas y vueltas  con los puños en alto y la capa tiesa, muy enérgico y se iba parando a medida que se le acaba la cuerda  hasta que se quedaba quieto en el mismo sitio donde lo había dejado. Pensé que nosotros hacíamos lo mismo con mi hija. Nos dábamos cuerda, decíamos cosas y luego nos agotábamos y hasta la siguiente. Vueltas y vueltas sin avanzar ni retroceder.

Ese día solo entre en su habitación para darle las buenas noches y comentarle que quería hablar con ella al día siguiente, si le venía bien. Recién levantada vino a preguntarme: ¿No querías hablar conmigo? Ahora puedo.

Nos sentamos tranquilamente, con el café en la mesa. Yo me había preparado la noche anterior más que un guion una lista de frases y palabras para evitar decir lo de siempre, para enfocar el tema de otra manera.

– Ya sé lo que me vas a decir, siempre es lo mismo

– No cariño, no te voy a decir nada, quiero que digas tú lo que te parece esta situación, qué necesitas, cómo te sientes

– Si ya sé que siempre la pifio, que no haga nada bien

– Esta era una de sus respuestas estándar, luego vendría el pedir perdón y a otra cosa, pero esta vez no la podía dejar escapar.

– No es eso, no es lo que a mí me parezca, es lo que a ti te importa. Si tu consideras estupendo estar fuera de casa varios días sin dar señales de vida por mi perfecto. Solo te pediría que me avises, que me digas que te vas a ir varios días y que si pasa algo importante me vas a avisar.

– Ya, pero yo é que papa y tú os preocupáis, que luego no dormís, estáis enfundados conmigo.

– Pues sí, pero hemos pensado que si eres capaz de andar por ahí tu sola a tu aire, ya eres mayor para decidir qué quieres hacer con tu vida. Papa y yo solo podemos darte nuestra opinión si la necesitas, pero tu vida es tuya y no vamos a obligarte a nada. Decide tú.

– Ya, pero yo no quiero que estéis mal por mi culpa…

– Claro, lo entiendo, pero a veces uno hace cosas que pueden doler a los demás. Eso hay que tenerlo en cuenta antes de hacerlo, pensarlo un poco.

– Bueno, es que me lio enseguida, en cuanto me sale un plan y se me olvida llamarte. Además con el mal rollo que hay en casa pues no me apetece muchas veces volver.

– Si ponemos cada uno algo de nuestra parte lo mismo los malos rollos desaparecen.

Seguimos hablando durante mucho rato, lloramos y nos abrazamos.

El “decide tu” me ha costado mucho esfuerzo. No es nada fácil callarse y no opinar sin que te pregunten. No sé cuántas veces quise ponerla un Whatraspp para preguntar dónde estaba, y  solo le enviaba un corazón o muchos, de todos los colores. No sé cuántas  mañanas, según me levantaba iba a su cuarto y cuando la cama estaba vaciá se me venía el mundo abajo, pero no iba a volver a montarla, me decía tranquilidad y paciencia.

Y poco a poco deje de dar vueltas sin sentido, deje de esperar y de sufrir. Poco a poco me fue diciendo cuando venía y cuando no, donde estaba o lo que tenía pensado hacer. Poco a poco  fuimos confiando, ella pidiendo opinión y nosotros cuidando mucho que decimos y como lo decimos, con calma y tranquilidad, nada de ir con los puños por delante y la capa al aire dando vueltas y vueltas.

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