La aceptación incondicional de nuestros hijos e hijas

Aceptacion Incondicional

José Ignacio Díaz Carvajal

Médico psicoterapeuta.

Si algo hemos aprendido en todos estos años de crianza es que o aceptamos incondicionalmente a nuestras hijas e hijos o no llegaremos a buen puerto. Ni con ellos, que van a sufrir y van a reaccionar empeorando en sus comportamientos. Ni con nosotros mismos, que vamos a estar en un estado permanente de tensión, malestar, sufrimiento, ira, rabia, culpa, agotamiento, etc. etc.

¿Qué implica esta aceptación incondicional?

 Pues que debemos aceptar que se porten mal, que no nos obedezcan, que mientan, que roben, que molesten a los adultos o a otros niños, que no aprueben, que rompan cosas, que parezcan demonios desbocados, que insulten, que chillen, que peguen…y que a pesar de eso, no tengan que tener un castigo, o una reprimenda, o una reacción negativa necesaria por parte nuestra.

¿Y esto por qué?

¿No estaríamos faltando a ponerles límites?

¿No se están saliendo de rositas?

¿No les estamos maleducando?

¿Y realmente no me debo cabrear y reaccionar airada/o?

¡Pues no!

Y creo que es muy importante comprender lo que intento explicar, pues es la aceptación incondicional es una herramienta de curación y de mejora de las relaciones y de construcción de la confianza que les falta a nuestras hijas e hijos. Pero no estamos acostumbrados a ello, ni educados en ello. Al contrario. Y vamos a explicar por qué en los niños y niñas que han sufrido adversidad temprana no es adecuado el reñirles mucho y que sientan que con nuestra reacción educativa y de corregir sus conductas, lo que hacemos es no aceptarles incondicionalmente.

El problema es que estos niños y niñas, no interpretan nuestra corrección como dirigida a su conducta, sino como un rechazo hacia su ser, hacia ellos, lo que les confirma entre otras cosas, que son malos, indeseados, que no se merecen ser queridos y les confirma el daño recibido en su abandono, en sus familias desestructuradas, en la violencia intrafamiliar vivida, y en los abusos o adversidades de todo tipo.

De hecho, en cierta manera, algunos pueden ponernos a prueba, inconscientemente sobre todo, para comprobar si les rechazamos al portarse mal o al ser de la manera que son. Y no es raro en su discurso que nos digan: “…si para ti todo lo hago mal” “No te gusta nada de mí” “Si soy tan malo no haberme adoptado…” “No hago nada bien” “¿Me quieres?” “En el fondo estás deseando librarte de mí”

Nuestras niñas y niños han vivido situaciones límites en muchos casos, en las que han sentido en sus carnes, un rechazo total , visceral, cercano a lo mortífero…por eso muchas veces no les queda ni rastro de confianza en el ser humano. Ni siquiera en los que los queremos. Y por otro lado no tienen buen concepto de sí mismos: es como si se merecieran, por su poca valía lo que les pasó: Los abandonaron, los maltrataron, los abusaron, los trataron negligentemente. Nosotros las madres y padres adoptivos o acogedores, no podemos pasar esto por alto y quedarnos sólo con sus conductas inadecuadas. Porque ellos necesitan que los queramos incondicionalmente, para así recuperar algo del sentido de valía y de confianza en sí mismos que les falta. Y no podemos ser como su entorno escolar y general, que se queda con sus conductas y se las rechaza, se las critica, se las censura, e incluso les humilla y margina por eso.

Tenemos que trascender la conducta y pensar mejor y siempre en lo que las origina, lo que está detrás. Muchos niños roban, mienten, gritan, insultan…porque tienen muchísimo miedo a lo que sea. Otros no hacen las cosas porque no atienden. O porque justo con nosotros y en casa, se relajan algo más y pasan de atender y obedecer.

Para muchos niños ceder y obedecernos es ponerse en peligro. A veces en el pasado fue peligro de muerte. Ahora no sabemos, pero el miedo puede ser tremendo. Por eso muchas niñas y niños, nos van a desobedecer en tonterías. O mentir para salir del paso. Y pretenden tener una autonomía, o una fortaleza  falsas, pero no pueden dar su brazo a torcer. Aunque eso signifique ocultar cosas importantes para su autoprotección, o incluso su supervivencia: como un dolor, una herida, un acoso, una relación de riesgo sexual, consumo extremo de drogas o alcohol, etc. Y ¿cómo se hace la aceptación incondicional? Pues aceptando lo que sea y no reaccionando siempre en contra en lo que es negativo. Por ejemplo si el niño mancha algo…no voy y se lo afeo inmediatamente. Si deja de hacer algo que le he mandado, no le riño y le tildo de desobediente y de caradura. Si me miente en la cara sobre una tarea que tenía que hacer…pues no le acuso de mentiroso, sino que intento pasar por alto la mentira y proponerle una salida airosa al tema, como hacerlo yo mismo, o proponerle ayuda para hacerlo, pero como si fuera otra cosa…no ligada a su mentira.

La idea es no quedarme con lo malo de la conducta. Y si no puedo descubrir por ahora el sentido de porqué lo hace, pues seguiré observando y observándome, en relación a lo que pasa, pero no le castigaré por ello. Ni siquiera con mi malhumor o mi silencio o mi mala cara. Esto no significa no poner límite. Los límites pueden estar puestos de sobra, pero el niño o la niña se los puede saltar (incluso a menudo). Luego habrá que seguir intentando desde la calma, en otro momento que no sea cuando se lo saltaron, hablar sobre el tema, buscar salidas alternativas y si es posible que partan de ellos.

Un ejemplo para entenderlo mejor

M es un niño de 13 que fuma a escondidas en casa. Y ya nos hemos enterado que ha bebido alcohol con algún amigo que no nos gusta nada. Por supuesto este niño sabe que es malo para él fumar o beber. Pero quiere sentirse mayor y que sus padres no le mandan en esto. No hay que estar bombardeándole con el tema a cada rato, ni castigarle sin móvil o sin salir porque lo hizo. La alternativa de llenarle de horas de actividades extraescolares no ha servido con este niño. No le gusta ni el inglés, ni la danza, ni el conservatorio, ni el taekwondo. Se empeña en escaparse con amistades que nos preocupan, y en fumar y beber litronas.

M necesita saber que le queremos y le aceptamos a pesar de que bebe, fuma y tiene estos amigos. No cree que nadie le haya querido nunca y de nosotros tampoco se lo cree mucho. O al menos no lo suficiente para que cure su situación tan desvalorizada y desconfiada. Necesita saber que estamos locos por él, eso significa, tan locos, como para quererle como sea: feo o guapo, blanco o negro, alto o bajo, aprobando o suspendiendo, fumando o bebiendo, desobedeciendo o insultando. Para sus valores, para su mente, todo lo que él hace es todo lo que él es. Ella o él es como es. Y estos padres adoptivos o acogedores, con su empeño continuo en fijarse en lo que hacen mal…que es casi todo…lo único que les confirman es que no les quieren y nunca nadie les va a querer. Porque no son adecuados, no son valiosos, no hacen nada bien, todo lo hacen mal.

Y es que la aceptación incondicional que necesitan es el equivalente que les faltó, de la que tienen los bebés cuando se caguen, se meen, vomiten, chillen, lloren, berreen, no dejen dormir, tengan mucha hambre…alguien venga y les calme, les limpie, les cuide, les sonría, les cante, les mezca, les arrulle, les sostenga, les lleve a sus cuerpos y les de cariño, calor, balanceo, besos , juego.

Muchas de nuestras niñas y niños, nunca vivieron esto, y necesitan experimentarlo a través de nuestra actitud de tolerancia y aceptación totales. De que no sintamos rechazo, asco, distancia, con ellos, sino al revés, que estemos ahí siempre, cuidando, sonriendo, hablando, sosteniendo, jugando…cuando ellos hacen de esas cosas normales que hacen ellos, pero que no les gusta a la gente. Y aunque pensemos que lo hacen por propia voluntad y que esa voluntad de hacer mal hay que doblegarla…de nuevo tenemos que pensar qué les lleva a no querer ser agradables, amorosos, confiado, tiernos, y obedientes y cercanos con nosotros. ¿Pueden? Y si les doblegamos… ¿no estamos retraumatizando?

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